Este otoño con bestiarios tras el
velo de la puerta y las distancias propuestas trae una canción para días sin
nombre; versiones reiteradas de añoranzas sobre la órbita de la dimensión que
se conoce cruzando esta frontera. Cantando propongo las suficientes historias que corroboran un padre más grande desde que
hubo conciencia de su amor sobre la tierra y un cordón umbilical aturdido de lo
sensible que lo hizo posible. Sobre mí, y sin oraciones, se derramaron las
comisuras de ciertos verbos y esta facilidad enferma de saberme afortunada,
asquerosamente armónica encontrando en la tarde mi recital veraniego.
Desde entonces divago, cavilo.
Y cuando descanso sobre el
retrete resolviendo los problemas para amenizar el mundo canso de retratar en
mi cabeza las veces que lo frecuento, para saber también cuantas son las que me voy luego que tiro la cadena y pierdo
otra piel; pensar en las municiones que se me escapan, la visita al mercado
central que ya no da tregua. No hay mucho qué hacer ni certeza si preferir
entre la pollera y las calzas, que cual mochila llevar para que entre el abrigo
por si otro giro otorga el amarillo quemado que pronto se apaga, algún día, con
las seis. Todavía me gusta recordar cómo dio vuelta la daga sobre mi espalda la
trampa en lo infinito de una adolescencia apeada, una tristeza compartida. Los
tonos menores y mayores del mismo cielo aún con el estruendo de la calle
pusieron en evidencia el otoño de Vivaldi -¡y viva mi primavera con don carlos aventándose
los ocho pisos para que, con dolor, ahora sonría!-. Mentira, aquí los
pobres trabajan y los que pueden salen a buscar en el chino el pan para mañana.
Claro de luna que suena y los tipos en la calle no dejan de reventarme los
guevos con su ruido sabatino arreglando la esmeralda 339; el valor agregado de
trabajar un día para descanso. En los suburbios difícil la computadora
descansa, difícil el corazón conecta.
Ayer tuve la sensación de haberme
visto en La Poesía sobre Chile retomando
la escena; un lugar estrecho y en todo las canas de lo aburrido, lejos de ser
la esquina de siempre sobre la calle de la vieja editorial y por ende anulada
la tentación de torcer el camino tras el piano.
Te ví segura de saber lo que hacías mientras leías, esta vez sin puntos.
Lo que muerde, y todavía insiste, es saber si sería tu primer destino desde que
te fuiste de mí, si luego con el brindis serías vida sin este cuerpo.
Por lo pronto sigo en campaña por
una carne prolija; otra bonita manera de ponerme en venta. Ya las profecías
pierden color, la realidad sonríe bajo otra forma.
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