domingo, 28 de abril de 2013

Esmeralda 339


Este otoño con bestiarios tras el velo de la puerta y las distancias propuestas trae una canción para días sin nombre; versiones reiteradas de añoranzas sobre la órbita de la dimensión que se conoce cruzando esta frontera. Cantando propongo las suficientes historias  que corroboran un padre más grande desde que hubo conciencia de su amor sobre la tierra y un cordón umbilical aturdido de lo sensible que lo hizo posible. Sobre mí, y sin oraciones, se derramaron las comisuras de ciertos verbos y esta facilidad enferma de saberme afortunada, asquerosamente armónica  encontrando  en la tarde mi recital veraniego.
Desde entonces divago, cavilo.
Y cuando descanso sobre el retrete resolviendo los problemas para amenizar el mundo canso de retratar en mi cabeza las veces que lo frecuento, para saber también cuantas son las  que me voy luego que tiro la cadena y pierdo otra piel; pensar en las municiones que se me escapan, la visita al mercado central que ya no da tregua. No hay mucho qué hacer ni certeza si preferir entre la pollera y las calzas, que cual mochila llevar para que entre el abrigo por si otro giro otorga el amarillo quemado que pronto se apaga, algún día, con las seis. Todavía me gusta recordar cómo dio vuelta la daga sobre mi espalda la trampa en lo infinito de una adolescencia apeada, una tristeza compartida. Los tonos menores y mayores del mismo cielo aún con el estruendo de la calle pusieron en evidencia el otoño de Vivaldi  -¡y viva mi primavera con don carlos  aventándose  los ocho pisos para que, con dolor, ahora sonría!-. Mentira, aquí los pobres trabajan y los que pueden salen a buscar en el chino el pan para mañana. Claro de luna que suena y los tipos en la calle no dejan de reventarme los guevos con su ruido sabatino arreglando la esmeralda 339; el valor agregado de trabajar un día para descanso. En los suburbios difícil la computadora descansa, difícil  el corazón conecta.
Ayer tuve la sensación de haberme visto en La Poesía sobre Chile  retomando la escena; un lugar estrecho y en todo las canas de lo aburrido, lejos de ser la esquina de siempre sobre la calle de la vieja editorial y por ende anulada la tentación de torcer el camino tras el piano.  Te ví segura de saber lo que hacías mientras leías, esta vez sin puntos. Lo que muerde, y todavía insiste, es saber si sería tu primer destino desde que te fuiste de mí, si luego con el brindis serías vida sin este cuerpo.
Por lo pronto sigo en campaña por una carne prolija; otra bonita manera de ponerme en venta. Ya las profecías pierden color, la realidad sonríe bajo otra forma. 

No hay comentarios:

Publicar un comentario