Por arrobas, las gracias a la estancia de una sonrisa –la implacable- sobre esta piel que muda con los
giros;
la llevo en el color lúcido de la mirada,
allí donde
habita de alevosa dulzura lo que, sin precisar cómo, bien se atesora.
Para comer de su conciencia hasta que desalojen las huellas, me aviento a fundar un Estado
errático donde convivan el desarraigo de un ser vibrante y el fuego de mis vísceras, en
actitud de entrega;
territorio que evoca -esa sonrisa- cada noche,
cuando, de frio, tirita Romina.
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