Que tuvo ganas de lavarse la
herida con sangre de entrañas ajenas y borrar la cicatriz lamiéndola en las
mañanas, cual oscura rutina para dignificar el espíritu menguado; y supo que ya no habría forma, ya lo sé. Se
acomoda con holgura entre sus letras y esta soledad que se le encaramó durante
el camino, desbaratando su equipaje, viniéndose encima a apearse conmigo, en la espera de yo no sé
qué movimiento febril que nos ponga en otra frecuencia; también, es otro cierto
sin explicaciones. Que busco, sin mucha insistencia, la razón de mi huída y me
place la conciencia de ver lo voluntario
del acto reflejo de supervivencia, que no
urge de lógica para haberse, hoy, perpetrado con éxito. De las ficciones que
frecuento, pocos adeptos sumo por falta de agitación, pero hay más de uno que
se esconde para leerla, que silencia el soncito y trata de descifrar, también
puede pensarse. Ya mi cuerpo va sin
límites haciéndose a las escenas que lo propongan vivo y sus curvas están
nutriéndose, aún en esta escasez de sexo y compañía; que estuvo aquí, y cada
minuto, ya antes lo hemos sabido, no existe por sesenta segundos sino por el
contacto con la brisa que recorre un rostro. En esta temporada de mí, conmigo,
no hay demonio que le gane al pulso ni ángel que me soporte; no hay sino
estancia sin vereda, lanzada a la certeza que a ningún corazón pertenezco, ni
siquiera al mío. Que no tiene cabeza ni pies esto que les compartimos y sólo es
otra misiva que le dejamos al infinito de mis cavilaciones. Que no pasa nada
diferente a pernoctar, cagar y elucubrar; ahora sin distracciones, ni salvavidas.
Le gustaría, sin pretensiones de
reconocimiento, romper los códigos que la amarran a un cuerpo; desarmar esta
pequeña composición viva y trasladarse, con la facilidad de eructar, a un
espacio que nos coincida. Acariciar más que párpados, sacudiendo las
entendederas sólo en sueños, para no
asustar con lo incorpóreo de la visita. Estoy rota y frecuento mis fracciones;
me rondan. Con esa decolorada novedad,
ya más bien vieja, pretendo transgredir lo que se nos impuso como naturaleza
inquebrantable; esa atadura mordida entre aire y carne; entre piel, hueso y espíritu. Buscamos una
ocasión más para comulgar con ustedes, como espera cualquier regreso al mar,
pasear con Berto. Así, también, como se esperan tantas ocasiones para lucirse
entero frente al espejo; decirse que no ha sido en vano lo que se ha digerido.
Mi camino no tiene mucha iluminación, pero ahí se labra con lo que me guardó
para cada uno de mis episodios fantásticos de dicotomía: oraciones, cicatrices bien
maquilladas, amigos inanimados.
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