La milonguita de ayer nada más
alcanzó para retozar la cama, como suelen ser los amores malvendidos de conventillo. Transitan los porteños, también los turistas; festejan mi bailoteo y no dejan
más que monedas; si eso contara como
guita, ya tendría otros tacos.
Hace tanto que el barco me dejó aquí pero
intactos los episodios de saudades, enrareciéndome el corazón, como la boca el
puchito. Es cierto; estos ritmos se parecen al movimiento, mucho más
lento, de los bailes en mi favela, los
que insisten en proclamarlos propios, qué más da; allá arriba, cuesta abajo,
tenía el mar sin muchos tropiezos y la milonga no me poseía.
Ahora tengo cuatro
platos franceses, dos bombachas buenas y nada de alegría en ello. La piel verde
de esperar verano en serio. ¿Posta que no te asoleas? ¡bocha que no vuelvo a mi
tierra!. Aquí me mimetizo, quién guste
más que la raja en mi falda, podrá también hacerse acreedor a los mimos en mi
acento y desterrar el carmesí que, de
tanto untármelo, difícil abandona la boca.
Que no está tatuada, ¡coño!, Ya te
dijo la pelada que no. Sólo tengo exceso de café en mis labios… si
conocieras Fortaleza, entenderías.
De
las baratas en el puerto, digna exponente de un orgullo robado; mi cabellito que,
de a poco crece, tararea la música que
se me ha arrebatado y, con la cual, ya somos dos extraños. Camino por los bordes del rio; a lo mejor alguna de ellas corra mi misma
suerte y venga a hacerme compañía. Tendría con quien compartir las pantimedias,
los platos, tener esta conversación a la hora de la merienda.
Unas miradas y un par de tus sonrisas para hacer temblar a la boca.
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