He de desterrar toda estela del olor
que empaña nuestros recuerdos y transformar en vida lo que, de mí, se llevó con
su muerte. Qué van casi trescientos sesenta y cinco días; todos, con lo jodido
de sus noches; que serán todos los años
queriendo resolver un cúmulo infinito de porqués.
Así que la herida se abre y se cierra a su
conveniencia, y en estos días de preludio a su aniversario, no para de gorgotear. Un carnaval de remembranzas que se bifurcan entre
los matices de su nobleza indescriptible y la retahíla que concluye en el
último olor. Victoria, Victoria,
Victoria, he de curar tu ausencia con mis ganas de vivir, he de borrar escenas que no te tienen, de cuerpo, presente.
He de congelar como alimento espiritual, la bondad inconmesurable de tus lecciones con tu ejemplo, aunque le parezca a este mundo que las hayas obviado; he de declarar que ahora, y por toda la eternidad, eres felíz; aunque nadie sepa qué tan cierto.
VICTORIA MARIA, colega, hermana y vecina...OMNI AETERNITATE.
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