No es que se empecine, pero frecuenta el eco devenir en mí, sin permiso,
tampoco pretexto, para volver a tocarte; pero si insistes en “tú, bajando; yo,
subiendo”, ¡qué desencuentro!
Con las florcitas de interiores
que ayer, no más, conocías, mantengo una conversación diaria sobre tu cuerpo, como se evoca la poesía
sencilla.
Yo me acuerdo de la primera
vez que te ví, que no es bastante si luego, como aplacador, se vienen el resto
de nuestros recuerdos. La misma calle de la estrella, antes de girar a casa;
las gafas que siempre puteas; todas las mochilas que te cuelgas. Y algo de ti
siempre me alcanza, como la melodía de cuerda que no tarareo, sólo siento.
¡Escúchame! Soy el grito silenciado
que te abraza mientras decae, una canción con la que pesco, todos los días, el rumor de un “nunca
más”.
Me vengo en la cama como antes sobre el cuerpo, y vuelvo a soñar que se
quiebra la cordialidad y, por fin, la vida nos vuelve isleños. En la escena,
las chanclas y el “mochito” veraniego, para hacer fiesta tras el resquebrajamiento. De suerte
que mis sueños siempre se cumplen y ahí brinca mi Humberto, ya curada de salitre
por esperar a mamá.
La cordialidad se quebranta, para que Humberto te sobrecoja.
ResponderEliminarMi preferido hasta ahora.