miércoles, 8 de mayo de 2013

La cordialidad se puede quebrar.



No es que se empecine, pero  frecuenta el eco devenir en mí, sin permiso, tampoco pretexto, para volver a tocarte; pero si insistes en “tú, bajando; yo, subiendo”, ¡qué desencuentro!

Con las  florcitas de interiores que ayer, no más, conocías, mantengo una conversación diaria  sobre tu cuerpo, como se evoca la poesía sencilla. 

 Yo me acuerdo de la primera vez que te ví, que no es bastante si luego, como aplacador, se vienen el resto de nuestros recuerdos. La misma calle de la estrella, antes de girar a casa; las gafas que siempre puteas; todas las mochilas que te cuelgas. Y algo de ti siempre me alcanza, como la melodía de cuerda que no tarareo,  sólo siento.

¡Escúchame! Soy el grito silenciado que te abraza mientras decae, una canción con  la que  pesco, todos los días, el rumor de un “nunca más”.

Me vengo en la cama como antes sobre el cuerpo, y vuelvo a soñar que se quiebra la cordialidad y, por fin, la vida nos vuelve isleños. En la escena, las chanclas y el “mochito” veraniego, para hacer  fiesta tras el resquebrajamiento. De suerte que mis sueños siempre se cumplen y ahí brinca mi Humberto, ya curada de salitre por esperar a mamá. 

1 comentario:

  1. La cordialidad se quebranta, para que Humberto te sobrecoja.
    Mi preferido hasta ahora.

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