sábado, 11 de mayo de 2013

De La Boca, y otros cuentos chinos.


La milonguita de ayer nada más alcanzó para retozar la cama, como suelen ser los amores malvendidos de  conventillo. Transitan los porteños, también  los turistas; festejan mi bailoteo y no dejan más que monedas;  si eso contara como guita, ya tendría otros tacos. 
Hace tanto que el barco me dejó aquí pero intactos los episodios de saudades, enrareciéndome el corazón, como la boca el puchito. Es cierto; estos ritmos se parecen al movimiento, mucho más lento,  de los bailes en mi favela, los que insisten en proclamarlos propios, qué más da; allá arriba, cuesta abajo, tenía el mar sin muchos tropiezos y la milonga no me poseía.
Ahora tengo cuatro platos franceses, dos bombachas buenas y nada de alegría en ello. La piel verde de esperar verano en serio. ¿Posta que no te asoleas? ¡bocha que no vuelvo a mi tierra!. Aquí me mimetizo, quién  guste más que la raja en mi falda, podrá también hacerse acreedor a los mimos en mi acento  y desterrar el carmesí que, de tanto untármelo, difícil abandona la boca.
Que no está tatuada, ¡coño!, Ya te dijo la pelada que no. Sólo tengo exceso de café en mis labios… si conocieras  Fortaleza, entenderías. 
De las baratas en el puerto, digna exponente de un orgullo robado; mi cabellito que, de a poco crece, tararea  la música que se me ha arrebatado y, con la cual,  ya somos dos extraños. Camino por los bordes del rio;  a lo mejor alguna de ellas corra mi misma suerte y venga a hacerme compañía. Tendría con quien compartir las pantimedias, los platos, tener esta conversación a la hora de la merienda. 

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